El filósofo y educador Jorge Eduardo Noro y el psicólogo León Savoia analizaron en San Nicolás Debate el fenómeno de la violencia juvenil, los ataques en las escuelas, el rol de las familias y las redes sociales, y la crisis de autoridad que atraviesa a todas las instituciones. Una conversación urgente, sin respuestas fáciles.
En un bloque especial de la temporada 32 de San Nicolás Debate, producido por la Federación de Comercio e Industria de San Nicolás y conducido por Baltasar Schubert, dos voces de distinta formación pero de preocupaciones convergentes se sentaron a analizar uno de los fenómenos más perturbadores del momento: la violencia protagonizada por jóvenes, con especial foco en los episodios ocurridos en escuelas. Jorge Eduardo Noro, filósofo, educador y ensayista reconocido por su trayectoria en filosofía de la educación y formación docente, y León Savoia, psicólogo cognitivo-conductual con ejercicio en San Nicolás, construyeron juntos un diagnóstico que incomoda precisamente porque no apunta a un solo culpable sino a una crisis sistémica que involucra a la familia, la escuela, el Estado y los medios de comunicación.
La conducta violenta funciona porque nadie la frena
Savoia abrió la conversación desde su marco teórico de referencia: el conductismo. Para entender la violencia juvenil, explicó, hay que partir de la relación entre la conducta y el entorno, nunca de factores puramente internos. Y desde esa perspectiva, el diagnóstico es claro: la conducta antisocial —ya sea agredir, robar o mentir— tiene una característica que la hace especialmente difícil de erradicar. «A corto plazo resuelve muy fácil los problemas. Si vos tenés un juguete y yo lo quiero, te lo quito y fin del asunto», ilustró con un ejemplo que, lejos de ser trivial, captura la lógica que opera desde la primera infancia.
Lo que debería hacer la sociedad, y en particular la familia como primera institución, es poner un marco de contención que impida que esa conducta escale. El problema es que ese marco se está resquebrajando. Cuando el entorno familiar no sanciona la conducta violenta —ya sea por permisividad, por ausencia o por no saber cómo hacerlo— la conducta simplemente continúa, porque funciona. «Un adolescente tiene una mirada muy a corto plazo. Si nadie interviene, la conducta va a seguir avanzando», señaló Savoia. Y advirtió que cuando ese trabajo preventivo no se hace en la socialización primaria, intervenir en la adolescencia se vuelve mucho más complejo.
Una institución que ya no contiene: la escuela en crisis
Noro tomó la palabra desde la filosofía y la pedagogía para poner el problema en perspectiva histórica. El episodio del 30 de marzo en San Cristóbal —donde un ataque real en una escuela marcó un punto de quiebre— no fue un evento aislado ni imprevisible. «No nos dimos cuenta durante 30 días de que algo estaba funcionando mal, porque el agua no había llegado al río», señaló. Y recordó que Estados Unidos registró cerca de 300 ataques a instituciones escolares el año anterior: no amenazas, ataques.
Para Noro, el dato más revelador no es la violencia en sí misma, sino el escenario donde ocurre. La escuela era, hasta hace no mucho, un espacio considerado sagrado y seguro. Dejar a un hijo en la puerta del colegio implicaba confianza absoluta. Esa confianza se rompió. «La escuela se ha convertido en un lugar de conflicto donde los docentes están tratando de decir que pueden enseñar y los alumnos están disimulando que pueden aprender», graficó con una frase que resume décadas de deterioro silencioso.
Lo que el filósofo cuestiona es la reacción del sistema ante esta crisis: poner policías en las puertas, revisar mochilas, demandar a las familias. «Yo quiero ver si esa demanda alguna vez la van a poder cumplir, porque hay chicos que van a decir: yo no tengo familia, vivo con mi abuela», ironizó. La respuesta institucional, según Noro, está completamente disociada de la causa real del problema. Y añadió una observación que llamó la atención: ante los episodios de violencia escolar de las últimas semanas, salieron a hablar los ministros de seguridad. No los de educación.
Dos tipos de violencia que no deben confundirse
Un aporte central de Savoia fue la distinción entre dos fenómenos que suelen englobarse bajo el mismo rótulo pero que responden a lógicas psicológicas completamente diferentes. Por un lado, las peleas entre jóvenes en salidas nocturnas, fiestas o boliches, que tienen un perfil conductual específico. Por otro, el agresor que planifica un ataque dentro de una institución escolar, cuyo perfil tiende a ser más retraído, con historia de victimización por bullying y sin antecedentes de violencia visible. «Son dos temáticas que, si bien uno puede englobar dentro de la violencia juvenil, se abordan de modos completamente diferentes», aclaró.
Esta distinción tiene implicancias directas para la prevención. En el caso del agresor escolar, la atención temprana a señales de alerta es fundamental: cambios en los hábitos, aislamiento, caída en el rendimiento escolar, agresividad creciente. «En la mayoría de estos episodios, el agresor brinда información antes. Algo se comunica. Por eso es tan importante observar qué está diciendo ese chico, tanto en palabras como en sus redes sociales», advirtió Savoia. La detección temprana, según el psicólogo, puede ser la diferencia entre prevenir una tragedia y lamentarla.
El efecto contagio y la responsabilidad de los medios
Otro punto que Savoia subrayó con fuerza fue el rol de los medios y de la comunicación en redes a la hora de cubrir estos episodios. La atención es uno de los refuerzos más potentes para la conducta humana, incluso cuando esa atención es negativa. Un tratamiento sensacionalista de un ataque escolar —con nombres del agresor, crónica detallada, cobertura excesiva— puede contribuir a replicar la conducta en otros jóvenes que buscan exactamente ese tipo de visibilidad. «Uno sin querer puede estar reforzando esa conducta. Hay que omitir los nombres, evitar los detalles más escabrosos y abordar el tema desde una perspectiva seria e informativa», recomendó.
Y extendió esa responsabilidad más allá de los medios profesionales: los grupos de padres en WhatsApp, las publicaciones en redes sociales, la manera en que los adultos comentan y difunden estos hechos también puede contribuir a generar lo que describió como una «epidemia de amenazas», tal como se vio en los días posteriores al episodio de San Cristóbal.
La autoridad que ya no se hereda: familia, docentes y clubes
Noro retomó un eje que había aparecido en debates anteriores del programa: la ruptura del contrato entre la familia y la escuela. Durante décadas, ese contrato era tácito pero sólido: los padres entregaban a sus hijos a la institución confiando en que alguien se haría responsable de su formación. Hoy ese acuerdo está roto. Hay padres que prefieren ser amigos de sus hijos antes que sostener la autoridad docente. Y esa erosión tiene consecuencias. «La autoridad no es un lugar dado de sí, sino que se conquista con presencia moral», recordó Noro.
Savoia completó el argumento desde la psicología: cuando los adultos evitan establecer consecuencias —premios y castigos— porque resulta incómodo o genera conflicto, las consecuencias siguen existiendo de todas formas, solo que las determina la dinámica del grupo, no los adultos. «Si dejás librado el tema de los límites, quedás librado a la ley de la selva. Y los jóvenes van a tender a resolver las cosas a su manera, que es como vemos que las resuelven», afirmó. Posponer las consecuencias no elimina el problema: lo agrava.
Una escuela del siglo XIX para jóvenes del siglo XXI
Uno de los momentos más lúcidos de la conversación llegó cuando Noro planteó la pregunta que nadie en el sistema parece querer formular en voz alta: ¿puede la escuela tal como existe reconstituirse, o es necesario pensar un dispositivo diferente? «Yo no me opero en un hospital de 1960. Los agricultores no cultivan como en 1950. Pero en la escuela funcionamos como hace dos siglos», señaló. La institución que monopolizaba la transmisión del conocimiento perdió ese monopolio hace tiempo. Lo que todavía podría sostener —la socialización, la construcción de comunidad, la inclusión— también está en crisis.
Y Savoia aportó el dato que debería ser el punto de partida de cualquier política de prevención: las escuelas donde los alumnos se sienten parte de una comunidad, donde hay sentido de pertenencia, son mucho menos propensas a estos episodios. «Un alumno que agrede a su institución es porque no se siente parte de ella», resumió. Trabajar en esa dimensión —la inclusión real, el vínculo, la comunidad educativa como espacio de contención— es, según ambos, la medida preventiva más básica y más postergada.


