El economista explicó en San Nicolás Debate por qué la gente siente que la plata no alcanza pese a las señales positivas del gobierno, el efecto empobrecedor de la actitud defensiva preelectoral y una mirada provocadora sobre la apertura económica y los sectores industriales que, según él, ganaron plata a costa de los consumidores.
En una nueva entrega de la temporada 32 de San Nicolás Debate, producido por la Federación de Comercio e Industria de San Nicolás y conducido por Baltasar Schubert, el economista Aldo Abram —reconocido analista de la coyuntura macroeconómica argentina— ofreció desde Buenos Aires una lectura rigurosa y en varios tramos provocadora sobre los fenómenos que explican la brecha entre los indicadores que presenta el gobierno y la sensación cotidiana de que la plata no alcanza. Con su habitual disposición a ir a contramano de los consensos instalados, Abram defendió la apertura económica, cuestionó el reclamo de protección de sectores industriales poco competitivos y planteó que la recuperación que se avecina, aunque real, no tendrá la intensidad de la que vivió la Argentina entre mediados de 2024 y principios de 2025.
Por qué la gente siente que le alcanza menos aunque la inflación baja
El primer tramo de la entrevista estuvo dedicado a explicar una paradoja que genera perplejidad: el gobierno anuncia que vienen los mejores meses de su gestión, pero una porción enorme de la sociedad no llega a fin de mes. Abram desarmó la aparente contradicción apelando a la conducta económica defensiva que los argentinos despliegan cada vez que perciben nubarrones en el horizonte.
Cuando la incertidumbre crece —como ocurrió antes de las últimas elecciones— las personas se deshacen de sus pesos, dejan de demandar la moneda local y ese fenómeno, sumado al traslado gradual a precios, genera una aceleración inflacionaria que puede extenderse hasta nueve meses. «Cuando la inflación se acelera, tiene un impacto empobrecedor muy fuerte, sobre todo en los sectores de menores recursos», explicó. Ese proceso de traslado a precios fue el que la Argentina vivió desde mediados de 2024, y su efecto sobre el poder adquisitivo es lo que la gente siente en el bolsillo hoy.
El segundo mecanismo defensivo es simétrico: ante la incertidumbre, también se liquidan inversiones y ahorros para comprar dólares, lo que contrae el consumo y desfinancia la economía. «No debería extrañarnos que la demanda interna se haya caído y que eso nos haya llevado al estancamiento que vimos durante seis meses o más», señaló Abram.
La buena noticia, según su análisis, es que ese proceso ya está en fase de reversión. Las mediciones privadas de inflación de abril rondaban el 2,4 o 2,6% mensual y con tendencia descendente, siempre que no haya un nuevo salto en los combustibles por la escalada bélica en Medio Oriente. «En la medida que la gente diga: no viene ninguna tormenta, ¿para qué sigo ahorrando? Y empiece a gastar en pintar su casa, cambiar ese televisor que postergó, ese proceso genera recuperación», describió.
La recuperación que viene: real pero más moderada
Abram coincidió con la perspectiva oficial de que la recuperación económica ya comenzó o está muy próxima, pero introdujo una distinción importante respecto de la recuperación anterior. La que ocurrió entre mediados de 2024 y principios de 2025 fue excepcionalmente intensa porque partía de un fondo de pozo profundísimo: la debacle heredada de la gestión anterior, con una inflación que llegó al 213% anual y una caída del nivel de actividad que arrancó en el segundo trimestre de 2023 y se extendió hasta mediados de 2024.
«Ahora no partimos del fondo de un pozo de una crisis tan fuerte, sino de un estancamiento. Por eso la recuperación no debería ser tan pronunciada», explicó. Aunque aclaró con honestidad intelectual que los economistas se equivocaron al subestimar la recuperación anterior, y que bien podría volver a ocurrir algo similar. «Si le preguntabas a cualquier economista del mundo a principios de 2024 si iba a haber una recuperación como la que hubo, te hubieran dicho que no», recordó.
Sectores ganadores y rezagados: el debate sobre la apertura
Schubert planteó la pregunta que más preocupa a los actores del mercado interno: los sectores que generan dólares —energía, agro, minería— son capital intensivos y no demandan mucho empleo; los que sí lo hacen —industria, construcción, comercio— son los más rezagados. ¿Qué hay para ellos?
Abram respondió con una tesis que generó tensión pero que desarrolló con argumentos: la industria no es generadora neta de empleo en ningún país normal, porque ese rol fue gradualmente absorbido por los servicios. Y la Argentina, después de más de 80 años de una creciente anormalidad económica, tiene una estructura productiva que se adaptó a ese contexto pero que no necesariamente es viable en un país que aspira a normalizarse. «Ahí es donde empezás a ver la heterogeneidad en la recuperación», señaló.
Sobre el reclamo de «nivelar la cancha» en materia impositiva antes de abrir la economía, Abram fue directo y contraintuitivo: los sectores que más presión tributaria soportan en Argentina son precisamente los exportadores, encabezados por el complejo agroindustrial. Y sin embargo son los que más crecen y compiten globalmente. «Hay sectores con muchísimo menos presión tributaria que no pueden competir con productores que deben pagar el costo logístico completo para traer sus productos hasta acá. ¿De qué cancha desnivelada estamos hablando?», preguntó.
Su diagnóstico sobre los sectores industriales más protegidos fue sin concesiones: durante décadas ganaron plata a costa de los consumidores, vendiendo productos más caros y a veces de menor calidad que los disponibles en el exterior, sin hacer el esfuerzo inversor necesario para volverse competitivos. «Claramente un empresario está muy bien que gane plata, pero no puede ganar plata a costa de sus consumidores», sentenció. Y fue más allá: si se les otorga más tiempo de protección para que inviertan, en su opinión lo que harán es aprovechar ese período para maximizar ganancias y cerrar igual cuando termine. «Cuando ese señor gane plata, no se la va a compartir con los consumidores», advirtió.
No toda la industria es lo mismo
El cierre del análisis incluyó una matización que Abram consideró importante para no caer en generalizaciones injustas. Dentro del sector industrial hay empresas que sí invirtieron, se volvieron competitivas y van a sobrevivir a la apertura. El sector textil, que suele usarse como ejemplo de industria en riesgo, tiene en realidad empresas muy eficientes que no tienen nada que temer. «No toda la industria es lo mismo. Hay una falsedad en juntar a todos bajo el mismo paraguas para generar masa de presión sobre el gobierno», señaló.
Y puso el foco en el sector que, según su visión, tiene el mayor potencial de crecimiento hacia adelante: los servicios. En un país que se empobreció durante décadas, las familias dejaron de gastar en todo lo prescindible, que son básicamente servicios. Esa demanda reprimida, combinada con una economía que se normaliza, representa una oportunidad enorme. «Es justamente el sector donde en los países normales se genera la mayor parte del empleo», concluyó Abram, dejando una hoja de ruta para pensar el crecimiento argentino más allá del debate sobre industria protegida versus apertura.


