El director ejecutivo de la Fundación Atlas analizó en San Nicolás Debate la batalla cultural de Milei y sus límites, el presupuesto 2027 como señal institucional positiva, el peso de la carga impositiva y cambiaria sobre la industria y el comercio, y por qué los argentinos siguen comprando dólares en lugar de invertir: nadie arriesga cuando no sabe quién gobierna el año que viene.
En una nueva entrega de la temporada 32 de San Nicolás Debate, producido por la Federación de Comercio e Industria de San Nicolás y conducido por Baltasar Schubert, el último invitado de la noche fue Martín Simonetta —magíster en Política Económica Internacional y director ejecutivo de la Fundación Atlas 1853, organización dedicada al estudio y la difusión de políticas públicas basadas en la libertad económica y la democracia liberal—. Con la precisión del académico y la franqueza del analista que no le huye a las contradicciones del modelo que defiende, Simonetta ofreció un diagnóstico de la Argentina actual que reconoce los avances del gobierno de Milei sin pasar por alto los problemas estructurales que ninguna batalla cultural puede resolver sola.
La batalla cultural tiene un límite: la conveniencia
El primer tema fue la llamada batalla cultural que el gobierno de Milei lleva adelante como eje central de su proyecto político. Simonetta fue matizado: sí, hay ideas que cambiar. Pero hay una porción significativa de la población que no adhiere al estatismo por convicción ideológica abstracta sino por conveniencia concreta. Empleados públicos, jubilados que nunca aportaron, sectores que se benefician de mercados cerrados. «Es bien compleja la cuestión argentina y va más allá de la ideología», señaló, planteando que el cambio cultural solo no alcanza si no cambia también la estructura de incentivos que hace racional para muchos depender del Estado.
El presupuesto 2027: una institución que volvió
Sobre el proyecto de presupuesto nacional para 2027, Simonetta eligió poner el foco en algo que suele darse por descontado pero que en Argentina no lo es: que exista un presupuesto. Durante años el país gobernó sin uno, prorrogando el del ejercicio anterior indefinidamente. «Que Argentina tenga un presupuesto es muy importante. Es algo incuestionable en todos los países civilizados», dijo, equiparando la planificación presupuestaria del Estado con la que cualquier familia o empresa hace por necesidad básica de supervivencia.
Reconoció que hay variables del presupuesto —proyección del PBI, inflación— que habrá que ver si se cumplen, pero el valor institucional del ejercicio trasciende los números: genera previsibilidad, permite planificar y ordena las expectativas de todos los actores económicos. «Luego podemos poner la lupa y discutir muchos puntos. Pero primero hay que celebrar que el instrumento existe», dijo.
Dos Argentinas y una cancha inclinada
Al analizar la economía real, Simonetta confirmó el diagnóstico que muchos economistas comparten: hay dos Argentinas. La competitiva —campo, hidrocarburos, minería— y la no competitiva —industria, comercio, sectores sustitutivos de importaciones—. Su lectura de fondo es estructural: durante décadas la economía argentina estuvo cerrada al mundo y se desarrollaron sectores que no hubieran existido en condiciones normales de competencia. Ahora la apertura los expone a una realidad para la que no estaban preparados.
Pero añadió dos factores que agravan el problema para esos sectores. El primero es el tipo de cambio: el peso está sobrevaluado —artificialmente barato— lo que inclina la cancha en contra de la producción nacional y a favor de las importaciones. «Si el peso estuviera en un valor de mercado más alto, habría más margen para que la industria compita con el mundo», señaló. El segundo factor es la carga impositiva: producir en Argentina es muy caro, lo que le pone una mochila de piedras al sector privado incluso antes de competir. «Es una combinación de circunstancias que son consecuencia de décadas de distorsión de precios», resumió.
La metáfora del termómetro en el freezer
Cuando Schubert planteó el riesgo de que una devaluación genere un traslado a precios, Simonetta respondió con una imagen que resultó especialmente gráfica: «Es como meter el termómetro en el freezer para que marque 36.8. La fiebre sigue ahí». Su argumento es que el tipo de cambio barato no resuelve el problema sino que lo enmascara temporalmente. La heladera que hoy cuesta 500 pesos seguirá costando lo mismo en dólares cuando se sincere el tipo de cambio, pero el salario quedará retrasado en la transición. «Hoy estamos en ese escenario», dijo, sin eufemismos.
Y sumó el tema del cepo cambiario como otra distorsión pendiente. Si bien el gobierno avanzó en la apertura del mercado cambiario, las empresas todavía no pueden mover libremente sus flujos de dinero al exterior. «Nadie entra donde no puede salir. Es como invitarte a una fiesta y decirte que no vas a poder irte cuando quieras. Lo pensás cien veces», dijo Simonetta, apuntando al efecto disuasivo que ese mecanismo tiene sobre la inversión extranjera. Su modelo de referencia es claro: Uruguay, Chile, Paraguay, Perú, Colombia. Países donde el mercado cambiario funciona sin restricciones y nadie está pendiente del valor del dólar porque la moneda es estable.
Por qué los argentinos siguen comprando dólares
El cierre fue sobre el comportamiento del ahorrista argentino ante la incertidumbre electoral. La lógica, explicó Simonetta, es la del fly to quality: nadie sabe qué va a pasar después de las elecciones de 2027, y como las reglas de juego pueden cambiar radicalmente según quién gobierne, la respuesta racional es guardar dólares o activos dolarizados y esperar. «Es como tener una moneda en el aire y no saber si cae cara o seca. Nadie va a arriesgar en ese escenario», dijo.
Y ubicó el contraste con el resto de América Latina en un punto preciso: en Uruguay, Chile o México nadie está pendiente del tipo de cambio porque hay estabilidad y previsibilidad. Eso permite que la gente se enfoque en crear y no en sobrevivir. «Esa es la diferencia. En Argentina el bimonetarismo no es una rareza cultural, es una respuesta racional a décadas de inestabilidad», cerró Simonetta, dejando en claro que la solución no es una batalla cultural sino un cambio de reglas de juego sostenido en el tiempo, independientemente de quién gobierne.


